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Esplendor y fiesta
(1692-1759)

La vida colonial incorporó la fiesta celestial de los altares al fasto
de sus ceremonias públicas en las que tanto la exaltación de la muerte,
como de la miseria humana eran ocasión para sermones y colectas. La producción
minera de la primera mitad del siglo XVIII trajo una fiebre constructiva que dió
su fisonomía a lo que hoy denominamos Centro Histórico.
En el nuevo siglo la debilidad de los novohispanos por fiestas y juegos, el buen
comer y los instintos carnales envueltos en un ambiente de misticismo religioso dio
origen a expresiones exaltadas de devoción: novenas, procesiones, penitencias,
locutorios en los conventos y hasta platillos monjiles como el mole.
Pórtico de ingreso a la iglesia de San Francisco
En efecto, la profusión de chiles, hierbas y sabores impregnaron el arte de
la ciudad que se representaba en una escenografía barroca embarcada en España,
mezclada con estilos y adornos que tomaron un sabor local. Su influencia llenó
los altares, las casonas señoriales y quedó impronta en vajillas, arcones
y adornos de plata de toda índole. La destreza y sensibilidad indígenas
se unieron a los exóticos diseños traídos desde Cathay, Filipinas
y Macao que pronto subieron a las cúpulas de las iglesias en forma de azulejos.
La primera mitad del siglo XVIII fue la etapa de reconstrucción y remodelación
de la ciudad más activa de su historia, en especial las patrocinadas por las
órdenes religiosas que después de dos siglos de presencia novohispana
habían dejado atrás los ideales de sencillez y austeridad. Ahora se
estrenan flamantes iglesias y conventos. El mayor de todos fue el conjunto conventual
de San Francisco cuyo templo fue estrenado en 1716. No
menos fastuosos fueron La Profesa (jesuitas), Regina Coeli (1731), el lujoso templo
de Santo Domingo (1736) y el Colegio de la Propaganda
Fide de San Fernando perteneciente a los franciscanos donde partieron las misiones
que ganaran la mítica California.
Urbe desbordada
La ciudad había rebasado la traza del siglo XVI
debido al crecimiento de la población, por lo que las necesidades de todo
tipo se multiplicaron: así, el afán culterano del siglo anterior se
desbordó en colegios magníficos patrocinados por los jesuitas como
San Ildefonso (1740), San Pedro y San Pablo. Entonces apareció una de las
primeras escuelas laicas: el colegio de niñas llamado Vizcaínas (1752)
cuya enorme extensión habla del aumento de la demanda, pero también
de la pobreza que se multiplicaba.
En contraste, las condiciones higiénicas no mejoraban, pese a la creación
de hospitales como el del Amor de Dios, no se evitó la aparición de
la epidemia de Matlazáuatl. Entre otros males las inundaciones todavía
amenazaban la integridad de la ciudad, por lo que se reforzaron los diques de Mexicalzingo
(al sur) y Zumpango (al norte). Esto permitió que se empedraran más
calles y plazas cuyo numero e importancia iba en ascenso. En las plazas
de Santa Catarina, Santo Domingo, Loreto, San Juan, San Sebastián, el Carmen,
el Volador y sobre todo en la Plaza Mayor se vendían productos de la tierra,
artesanías y comida, que en ocasiones las convertía en muladares.
El mayor de todos se localizaba a la puertas del Palacio
Real (que alojaba casa de juego y hasta pulquería), donde se daban cita todas
las castas. El gentío, la revoltura y el apretujamiento hacen imprescindible
que cada quien use atuendos acordes a su condición y mérito. El resultado
es una de las más fascinantes representaciones humanas: un teatro del Nuevo
Mundo cuyos personajes llevan nombres pintorescos o discriminatorios: china, coyote,
salta atrás, mulato, albino, no te entiendo...
La convivencia cercana de las clases sociales es
algo que hoy se ha borrado, pero que entonces era visible. Para la nobleza criolla
era imprescindible, por tanto, la ostentación. Las familias ricas gastaban
fortunas en conseguir títulos nobiliarios y en transformar sus casonas en
Palacios. Así surgieron: la Casa de los Azulejos perteneciente a los marqueses
del Valle de Orizaba, el Palacio de los Condes de Santiago, el palacio de los marqueses
de Jaral y Berrio o la gigantesca casa de don José de la Borda.
Nobleza inventada
Pero a diferencia de los peninsulares, los nuevos nobles no dudaban en alquilar las
accesorias de sus casas con el fin de obtener ganancias que les permitieron poseer
casas de campo en Tlalpan, Tacubaya o San Ángel.
Aquellos que no alcanzaban un título nobiliario podían aspirar a obtener
los cargos públicos que eran objeto de compra-venta. Para ello era indispensable
tener buenas relaciones con el Cabildo de la ciudad, pertenecer al Consulado de comerciantes
o alguna cofradía, donar altares, patrocinar conventos, y asistir a banquetes
y bailes. Para acrecentar la fortuna era necesario que sus hijos obtuvieran alguna
alianza matrimonial conveniente, emprendieran una carrera eclesiástica o ingresaran
--previa dote-- a algún convento. El modelo a seguir estaba dado por la corte
virreinal, que al renovarse periódicamente traía las modas y usos de
la metrópoli.
La ciudad vio multiplicarse numerosas viviendas de mediano valor en las que habitaban
artesanos calificados, comerciantes al menudeo, agremiados diversos, profesionistas
y algunos herederos de la nobleza indígena venidos a menos. La mayoría
alquilaban sus viviendas a los grandes conventos de la ciudad, ya sea en las accesorias
de hospitales, conventos y colegios o en nuevos edificios construidos en los antiguos
barrios indígenas. Debido a esto último para 1717 se admite la desaparición
de éstos últimos dividiéndose la ciudad en cuarteles.
Para el grupo de nacidos en Nueva España, pero con aspecto español
les estaban negados muchos privilegios. Para la mayoría la diferencia era
compensada por el amor a la tierra y a sus prodigios. De esta manera promovió
la canonización de hombres de virtud como Sebastián de Aparicio o Gregorio
López, aunque sólo se logró la canonización de San
Felipe de Jesús. Los criollos encontraron su mejor aliado entre los Jesuitas,
con sus haciendas azucareras pudieron financiar la construcción de sus colegios.
El poder que alcanzaron éstos dentro de los ámbitos de la Corona española
despertó las sospechas de una sedición, por lo que en 1767 el virrey
marqués de Croix ejecuta la orden de expulsión de la Compañía.
Mucho de todo
Durante el gobierno del virrey marqués de Casa Fuerte se edificó la
sede de la Aduana, frente a la plaza de Santo Domingo, se amplió la Alameda
y junto al Palacio Virreinal se levantó el solemne edificio de la Casa de
Moneda. Con ello se establece la columna vertebral de la economía de la ciudad:
tasación y acuñación de moneda al oriente y labor de platería
al poniente. En el centro de éste se encontraba la Catedral
que para 1737 estrena su altar mayor, dedicado a los Reyes, síntesis de la
riqueza de la Nueva España. Su estilo, iniciado por los Churriguera en España
se trasladó al Sagrario, luego a las fachadas de las nuevas iglesias y se
dispersó por el Bajío y el Norte dando un sello particular al arte
mexicano.
La abundancia de oro en los altares también es abundancia de partituras, coros,
libros y toques de campanas. En Palacio, la vida se regía por la adulación
y el empacho administrativo, mientras en las calles circulan carruajes en exceso
por lo que las aceras se llenan de excrementos animales y vecinales. No sólo
en pulquerías proliferaban los juegos de azar, sino hasta en las casas de
algunos eclesiásticos se apuestan inmensas fortunas. Las trampas abundan,
sobretodo en las peleas de gallos.
El diagnóstico de esta sociedad no era muy bueno: un clero secular excesivamente
centralizado, mientras que el clero regular vive disipadamente y envuelto en incontables
pleitos. Más escandalosa era la vida en algunos conventos de monjas, donde
reinaba la vida mundana y una administración desordenada. Las lujosas construcciones
y contrastan con gran numero de indígenas llegados del campo o mendigos citadinos.
Las fiestas religiosas eran pretextos para desórdenes y borracheras que servían
para olvidar hambre y la escasez de alimentos.
Modernidad y crisis (1759-1847)
Publicaciones impresas
Lafragua, José María
La ciudad de Mèxico
Col. Sepan cuantos... No. 520
Editorial Porrúa, México 1987
Rivera Cambas, Manuel
México pintoresco, artístico y monumental
3 vols. Editorial Valle de México
[Siglo XVII] [CENTRO]
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