|
Ciudad Celestial (1620-1692)

Caballería en el Nuevo Mundo
La ciudad de México a principios
del siglo XVII vibraba de actividad: edificaciones, procesiones, duelos, elegantes
mujeres aficionadas a los naipes; mulatas lascivas y altivos negros, unos pocos mestizos;
españoles ricos y licenciosos que para lavar sus pecados efectuaban generosas
donaciones a iglesias y conventos; religiosos que gozaban de libertades poco usadas
en Europa, y sobre todo el abombado y espléndido tren de vida de la nobleza,
establecida el siglo anterior.
El teatro comenzaba a representarse en la calle de Jesús y en San Juan
de Letrán, aunque la gente prefería los paseos por la pequeña
“Alameda”, las mascaradas, las corridas de
toros y las romerías. Iglesia y gobierno centraban y acompasaban estas actividades,
que en ocasiones se volcaba en revueltas, como la patrocinada por el arzobispo don
Juan Pérez de la Cerna y el virrey marqués de Gélvez en 1624.
Sin embargo, en 1629 comenzaron una serie de fuertes lluvias que elevaron las
aguas del lago hasta ahogar la ciudad: muchos edificios perdieron su uso, otros se
arruinaron, miles de personas quedaron sin casa. Se calcula que para 1634 habían
muerto de hambre, enfermedad y tristeza más de 30 000 indígenas. Ni
siquiera el abarradón de San Lázaro pudo contener las aguas que, metidas
a las calles, multiplicaron los canales. Para auxiliar a tan sufrida urbe se invocaron
a las más eficaces fuerzas celestiales: la Virgen de
Guadalupe y la Virgen de los Remedios veneradas por indios y españoles,
respectivamente. Otros, con mayor ánimo, emprendieron los caminos de la plata
que en el Norte del virreinato se extendían inmensos.
Ritmos fugados
Poco a poco la ciudad se fué reponiendo para darse cuenta que los tiempos
traían un aire distinto. En 1645, tras solemne acto se inaugura la nueva cúpula
del convento de la Concepción, el más grande y poblado de la capital.
Se reestablecieron las clases en la Universidad, el teatro, la fragua de los plateros
y las labores de cordobanes, herreros y comerciantes establecidos en los “caxones”
de la Plaza Mayor, así como los puestos de hierbas
y frutas de los indios.
La nueva Catedral
, que se había comenzado en 1615 tiene nuevas capillas, bóvedas y su
torre derecha. En la segunda mitad del siglo se estrenan el altar del perdón,
el coro, los púlpitos, puertas labradas y las portadas exteriores. Cada capilla
tenía una devoción particular, sustentada por los fieles y fomentada
por gremios y cofradías. La ornamentación de los altares y pinturas
de la Sacristía (Cristóbal de Villalpando y Juan Correa) llenan el
templo no menos que la música y la poesía compuesta ex-profeso para
las ceremonias.
El Palacio Real es habitado
por virreyes de todo tipo y hasta por arzobispos que como el ilustre don Juan de
Palafox y Mendoza ocuparan dicho cargo. Entre los virreyes también destacó
el marqués de Mancera, protector de Juana
de Asbaje. Esta mujer, cuyas dotes poéticas y fina sensibilidad produjeron
páginas hoy clásicas que reflejan una vida emocionante en la que los
asuntos mundanos y religiosos llegan a confundirse.

Oración y dones
La ciudad se dividía en
barrios
y parroquias que en un peculiar apartheid estaban destinadas a criollos y
españoles (El Sagrario, Santa Catarina, Santa Veracruz y San Miguel) e indios
(San José de los Naturales, Tlaltelolco, San Pablo, San Sebastián,
etc.) según su ubicación. Lo mismo sucedía en colegios, hospitales
y conventos.
En torno a estos últimos giraba gran parte de la vida espiritual, social y
económica de la ciudad. Entre ellos destaca el de San
Francisco, enorme y complejo; Santo Domingo con
su capilla del Rosario y su claustro de arcos invertidos. Otros conventos de frailes
no menos importantes fueron: La Merced, El Carmen, San Pedro y San Pablo.
Una ciudad volcada a la oración y a la edificación tuvo su más
refinado exponente en los conventos de monjas: tras emotiva ceremonia en la que profesaba
una novicia, ésta ingresaba coronada por una de las puertas de la iglesia
del convento para nunca más regresar al mundo. En el interior ella encontraba
un microcosmos regulado por el misticismo y una vida cotidiana con todos sus matices.
Más fastuosos aún fueron las fundaciones de estos conventos, entre
las que destacaron las derivadas del convento de la Concepción, las de franciscanas,
dominicas, jerónimas y el de la orden del Carmen. Edificios que se tallan
en un barroco sobrio que no conforme con ello se enriquece en retablos que a su vez
se repiten en piedra de cantera sobre las portadas.
El siglo transcurre entre noticias de los reyes españoles, la llegada de la
flota real, la nao de China, fundaciones de ciudades en la lejana California, la
llegada de viajeros, Autos de Fe y nombramientos. Hacia el fin del siglo la sequía
es severa y los alimentos escasean. El 8 de junio de 1692 un motín de hambre
y odio rompe las puertas del Palacio virreinal, provocando un incendio que llegó
hasta la Audiencia y los Caxones. Los atropellos, el efímero
botín y la cruel represión también alimentaron la pluma de don
Carlos de Sigüenza y Góngora, otro de los hombres ilustres del siglo
XVII.
Siglo XVIII
Publicaciones impresas
De la Maza, Francisco
La ciudad de Mèxico en el siglo XVII
Lecturas Mexicanas No. 95
SEP, México 1985
Rivera Cambas, Manuel
México pintoresco, artístico y monumental
3 vols. Editorial Valle de México
|