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Ciudad épica (1519-1620)
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Santiago Tlaltelolco
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La conquista de la gran Tenochtitlan,
dentro de su dramatismo, está precedida de leyendas y augurios: un cometa,
el incendio del templo de Huizilopochtli, un rayo de Xiuhtecuhtli,
un meteorito, el hervor del lago, una mujer en duelo, monstruos y un pájaro
con cabeza de espejo. En él Moctezuma vio anunciada la aparición de
los españoles, sumiéndolo en un temor divino.
Moctezuma confirma sus sospechas al entrevistarse con
Cortés en la calzada de Xochimilco,
a las puertas de la ciudad. Cortés y los suyos son recibidos como monarcas,
pero Moctezuma es tomado preso. Poco después el capitán Alvarado protagoniza
una sangrienta matanza de nobles indígenas. Las huestes españolas tienen
que huir de la ciudad.
Una isla en medio de la tierra sólo sería tomada en batalla naval.
Esto pensó Cortés al mandar construir varios bergantines con los que
la ciudad sería sitiada durante setenta y cinco días, con la defensa
por Cuauhtémoc, sus guerreros y habitantes hasta la muerte. Casas y palacios
quedan en ruinas aquel 13 de agosto de 1521.
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Antonio de Mendoza
Primer Virrey
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Ciudad india y renacentista
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Empujados por la conquista y la aventura,
en el siglo XVI llegan a la ciudad personajes ruines, pero también algunos
de altos valores. Entre ellos, un acento de humanismo se filtra en las quejas de
Fray Juan de Zumárraga o Vasco de Quiroga. Hombres que pretenden instaurar
una “Ciudad de Dios”, no menos utópica. Pronto las voces esclavistas impusieron
modelos de educación a los indios y promovieron un estilo de vida ostentoso.
El valle con su lago es un paraíso terrenal,
y para celebrarlo la ciudad hacía grandes fiestas, como el Paseo del Pendón
para conmemorar aquella toma de la ciudad, o se lamentaba en duelos por los monarcas
difuntos, como el célebre túmulo fúnebre a Carlos V en 1559.
En las casas se instauraban los rituales privados y en las imprentas se publicaban
libros que son primicias en el continente americano.
La vida en la ciudad era como una partida de ajedrez: española e india, en
la que cada parte tenía su posición bien definida. La española
era la del Palacio virreinal con sus litigantes, las casas del Marqués del
Valle, las discusiones en la universidad, la plaza
mayor con su incipiente iglesia y sus ruidosos portales de mercaderes; cárceles,
patíbulos y plazuelas pobladas de comerciantes ambulantes. Los primeros hijos
de españoles nacidos en la tierra viven con gran brillo exterior, alimentado
los anhelos por poseer cada vez más.
El mundo indígena, relegado a las afueras pero cercano al espléndido
lago, las montañas, los venados, los conejos; canoas entrando y saliendo de
la ciudad, hombres utilizados como bestias de carga para bajar leña de los
abundantes bosques o construyendo diques y albarradones para defender al pequeño
monstruo de piedra invadiendo el agua donde caen los peces en delicadas redes.
Algunos nobles indígenas se incorporaron a la vida española, otros
enseñaron las lenguas a los frailes y pintaron el pasado mexica con símbolos
maravillosos. Otros lloraban la gloria pasada y a los muertos.
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Hospital de Jesús
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La ciudad del siglo XVI se caracteriza
por la desmesura: el hijo del conquistador, Martín Cortés llega a la
Nueva España y pronto muestra su arrogancia y gusto por el derroche. El mismo
virrey Luis de Velasco es aficionado a las galanterías y a la cacería
en Chapultepec.
Bajo el marco de pomposas y carnavalescas fiestas se fragua entre los criollos una
conspiración que a mediados de 1566 es descubierta. Martín Cortés,
su hermano Luis, su medio hermano Martín y el rico e influyente Alonso de
Ávila son aprehendidos. Tras un dramático proceso judicial, de Ávila
es ejecutado, su cabeza exhibida y su casa (construida sobre el Templo
Mayor de los indios) destruida hasta los cimientos. El intento de independencia
se torna en tragedia.
Mas no sólo los criollos son vigilados. Los mismos virreyes son el centro
de tortuosas conspiraciones, tan sólo resueltas o confirmadas por las Cédulas
Reales enviadas por Felipe II. Patrono de la iglesia en los dominios españoles
y protector de la Santa Inquisición que en la ciudad
tenía su sede y donde se efectuaron los Autos de Fe, como el de Luis de Carvajal
y familia, que en 1595 llega al martirio tras espectacular proceso. La
“Alameda”, destinada a paseo colonial sirvió de escenario a estos juicios
públicos que conmovían y fascinaban a los habitantes de la ciudad.
La ciudad de México del siglo XVI levantó palacios e iglesias de piedra
volcánica “en sangre bañada” llamada tezontle, de gran ligereza; adornó
dinteles y remates con blanco mármol de Chiluca y coronó de alfarjes
estilo morisco las vastas techumbres. Predominaban los espacios cuadrangulares: plazas,
patios, claustros; acequias, puentes de madera y de piedra y numerosos carruajes,
tantos que en 1577 Felipe II prohibió su uso, alegando que lesionaba el hábito
de la caballería, fomentaba la prostitución y era señal de afeminamiento.
En 1600 se levantó la prohibición.
Hoy poco queda de esa ciudad que por ser símbolo
central del reino de Nueva España tenía que luchar contra y por el
agua. En efecto, rodeada de ella tenía que traerse potable desde los manantiales
de Chapultepec más tarde de Santa Fe, a más de 20 km de distancia.
Este y otros pueblos cercanos conservaron lo que el siglo
siguiente no perdonó.
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Publicaciones:
Kubler, Geroge Arquitectura Mexicana del siglo XVI
Fondo de Cultura Económica, México 1989.
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Cervantes de Salazar, Francisco
México en 1554 y Túmulo imperial
Col. Sepan cuantos... No. 25.
Editorial Porrúa, México, 1988.
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