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El Palacio de Bellas Artes
Asistir al Palacio de Bellas Artes, nos permite remontarnos a los días en
que este lugar hacía eco de las oraciones de las monjas del convento de Santa
Isabel que el siglo XIX desterró para cumplir con la misión mundana
de habitar y fabricar ropajes. Pero ello no bastó, pues la vida burguesa beneficiada
con la Paz porfiriana necesitó de nuevos espacios para el entretenimiento.
Es por ello que se proyecta un nuevo Teatro Nacional, que situado al frente de la
Alameda, daría esplendor moderno a esa Ciudad de los Palacios. El ímpetu
revolucionario retomó aquel proyecto para acondicionarlo a los nuevos tiempos,
inaugurándose con geométrico interior el año de 1934. Al convertirse
en la Sede del Instituto Nacional de Bellas Artes, amplía y retoma sus funciones
originales como centro cultural y social de gran importancia.
Una historia sepultada
Durante la edificación del
Palacio de Bellas Artes fueron encontradas una piedra de sacrificios esculpida con
una serpiente emplumada, una fuente de azulejos y la lápida perteneciente
a doña Catalina de Peralta, benefactora de la fundación del Convento
de Santa Isabel. Este edifició surgió al amanecer del siglo
XVII cuando las monjas del convento de Santa Clara promovieron la creación
de una nueva casa. Para lograrlo contaron con la donación del predio de doña
Catalina, contíguo a la Alameda, a sólo tres calles de la sede clarisa
de la calle de Tacuba e inmediato a la fuente que surtía el agua ligera de
Santa Fe.
Debido a los hundimientos, entre 1676
y 1681 se edificó una nueva iglesia, esta ocasión patrocinada por Diego
del Castillo, cuya decoración mudó con los siglos pero que cambiara
definitivamente sus funciones tras la salida de las monjas en 1861 y la venta del
inmueble. Dicho templo --que se localizaba en lo que hoy es la portada oriente del
Palacio y parte de la plaza-- fue convertida en bodega y fábrica de sedas.
Por su parte, el convento, una vez fraccionado sirvió como casas de vecindad
durante el resto del siglo XIX. Sus dos secciones estaban separadas por un callejón
llamado de Santa Isabel que desembocaba en la Alameda.
Para entonces, los habitantes de la
ciudad gustaban de la vida social y habían tomado afición por la ópera
que se representaba en el Teatro Principal, inaugurado en 1826 en la calle de Vergara
(hoy Bolívar). Fué allí donde se estrenara juviloso el Himno
Nacional Mexicano y ofreciera funciones de teatro, tandas y óperas concurridas
por la “gente bien”, para disfrutar la música de Rossini. Dicho público
tenía toda su atención en Europa al grado que, pese a los cambiantes
cambios políticos, se organizaran fastuosos bailes aristocráticos amenizados
con los valses vieneses.
Hacia fines del siglo, el Principal
continuó siendo importante centro social que, aunque contaba con un escenario
reducido, no impidió la representación de cuplés, operetas y
zarzuelas. Ya en el ocaso del siglo del Progreso se emprende una fiebre constructiva
que enmarcaría las fastuosas celebraciones del centenario de la Independencia
en 1910 --en el que María Conesa cantara el Himno Nacional-- y se encargaran
decenas de monumentos, como el Hemiciclo a Juárez, la Columna de la Independencia,
y se proyectan el Palacio Legislativo y el nuevo Teatro Nacional.
A la última moda
Las necesidades sociales de una ciudad
que se expandía hacia el Poniente promovieron que se demoliera el Teatro Principal
en 1901 para abrir la calle de Cinco de mayo hasta llegar a Santa Isabel, donde se
construiría un gran Teatro de Opera. El aumento del público, la complejidad
técnica de los espectáculos y el gusto por la vida social impulsaron
que la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas convocara un concurso
para su construcción.
El proyecto más sobresaliente
fue presentado por el arquiteco italiano Adamo Boari (Ferrrara 1863-Roma 1928), quien
había trabajado en Brasil, Chicago y Nueva York, estableciéndose en
México para la realización de su proyecto para el Palacio de Correos
de la Ciudad de México.
En 1904 se inician los trabajos del Teatro Nacional, que no sigue los
lineamientos historicistas de su vecino edificio de Correos, ni el neoclacisismo
del monumento a Juárez, sino que pugna por un modernismo de inspiración
romántica. En la construcción se emplearon los últimos adelantos
técnicos, como el emparrillado con plancha de concreto y estructura de acero,
permitiendo la disposición de grandes espacios. Para ello trabajaron, por
una parte la compañía norteamericana Milken Brothers y el ingeniero
Gonzalo Garita, y por otra varios artistas bajo la dirección de Boari hasta
1913 cuando, a causa de las difíciles condiciones políticas se detuvo
la construcción. Para entonces se había terminado la estructura, las
fachadas, la gradería e instalado la maquinaria.
Sinfonía escultórica
Más que un teatro, el Palacio
de Bellas Artes es un foro múltiple: el vestíbulo con su triple cúpula
esta destinado a ser salón de exposiciones, el Hall para eventos sociales;
el teatro, con sus logias exteriores y el enorme cubo del escenario; y las oficinas
y dependencias de la parte posterior. El conjunto articula coherentemente las tres
áreas desde su vista lateral y al frente da la impresión de un enorme
espacio debido a las cúpulas y la clara demarcación de sus niveles
horizontales.
La fachada principal también
se divide en tres cuerpos. En el central destaca el lmagnífico pórtico
con su columnata de mármol de Carrara. En la parte superior se halla un gran
tímpano, en el que destaca el conjunto escultórico del italiano Leonardo
Bistolfi (1859-1933) con una figura central femenina que representa La Armonía,
rodeada de los estados del alma musical: dolor, ira, alegría, paz y amor.
A este conjunto lo enmarca una archivolta de querubines y finaliza con las esculturas
de La música (izq.) y La inspiración (der.), también
de Bistolfi.
En el resto de la composición
hay varios aspectos destacados. Entre ellos los remates ondulantes que concretan
la idea de Boari de diseñar con las líneas de una “bocanada de humo”.
Esta concepción, inmersa ya en el Art Nouveau, se observó en la Pérgola
que estuvo a un costado del Teatro, dentro de la Alameda que albergó un mercado
de flores y la Librería de Cristal hasta 1973.
Flanqueando el pórtico se encuentran
las esculturas de La Juventud y La Edad viril de André Allar.
Otras esculturas, que se colocaron los espacios laterales, fueron las destinadas
al Palacio Legislativo, como La Paz de Paul Gasq y La verdad de Honoré
Marqueste. En todas se emplean figuras femeninas. Varios detalles escultóricos
otorgan interés al conjunto, como son las máscaras de mono, coyote
y caballero águila en las claves y arranques de algunos arcos; los mascarones
representando las estaciones del año y los originales capiteles del pórtico.
Entre otros detalles decorativos valiosos
hay que señalar la herrería, diseñada por Alessandro Mazzucotelli,
traída desde Italia y otras de Luis Romero Soto hechas por herreros mexicanos.
El metal, oculto en el edificio parece brotar en la cúpula central, que ostenta
un águila de bronce con las alas desplegadas a la manera porfiriana y en la
base varias danzantes en círculo, obra de Géza Maroti.
En los cubos que rematan el escenario
Boari proyectó colocar cuatro Pegasos que realizó el catalán
Agustín Querol (m. en Madrid en 1909). Su volátil fugacidad los llevó
un tiempo al Zócalo, pero regresaron con nuevos pedestales al frente del Palacio
para enmarcar el cuadrángulo de la plaza. En ésta también se
colocaron recientemente unas fuentes curvilíneas y jardineras.
Mármoles y terciopelo
La revolución de 1910 modificó
todos los aspectos de la vida mexicana, no obstante, el interés por que el
Teatro Nacional se concluyera impulsó a los primeros gobiernos revolucionarios
a mantener el proyecto. Para 1929 se inicia su terminación, encargando el
proyecto al arquitecto Federico E. Mariscal (1881- 1971), quien había realizado
el Teatro Esperanza Iris. En esta ocasión el estilo del edificio respondería
también a un interés moderno traducido en las formas geometrizantes
del Art Decó.
Al ingresar por sus puertas de hierro
se entra al mundo marmóreo, donde se combinan el rojo queretano de las columnas
con el negro de la escalinata central y el granito noruego de las laterales. Al centro
mismo del vestíbulo se encuentra el mayor espacio abierto del edificio, que
iluminado desde las cúpulas, permite apreciar sus tres niveles:
En la planta baja destacan las lámparas
de inspiración futurista. En el primer descanso de la escalinata se encuentra
la puerta principal del teatro que semeja la de un templo, con sus mascarones de
Tláloc (dios mexica del agua) fundidos en bronce. Estos tienen su complemento
en los grandes crótalos-columna que parten de este nivel y rematan en el tercer
piso con unos mascarones de Chaac (dios maya de la lluvia).
En los muros laterales del primer piso
se encuentran los murales de Rufino Tamayo: Nacimiento de la nacionalidad
(1952 ) y México de hoy (1953), en los que se evoca el tema del mestizaje
a través de un balanceado colorido. En este nivel se encuentra las sala Manuel
M. Ponce y Adamo Boari (para música de cámara y funciones literarias)
y las Salas Nacional e Internacional (antes hall) dedicadas a exposiciones.
En ella destacan las grandes lámparas de cristal, realizadas por la casa Edgar
Brant de París.
Al llegar al segundo piso encontramos
una galería que bien puede resumir al movimiento muralista mexicano: de José
Clemente Orozco Catharsis (1934); en la parte central las obras Nueva Democracia
y Homenaje a Cuauhtémoc, de David A. Siqueiros; Diego Rivera pintó
en 1934 El hombre en el cruce de caminos, donde retoma la obra sobre el desarrollo
del socialismo censurada en el Rockefeller Center de Nueva York; asimismo se encuentran
La Dictadura, La danza de Huichilobos y México folklórico
y turístico en que Rivera recurre a su prolija narrativa visual. El tercer
piso alberga el Museo de Arquitectura, en el que se presentan interesantes exposiciones
temporales.
Si la función está por
empezar, es preciso tomar los asientos regresando a la planta baja para entrar por
las puertas laterales. La sensación de lujo de la sala del Teatro inicia con
el gran telón de cristales opalescentes en los que se dibujan los volcanes
mexicanos encerrados en miles de piezas. Este telón fué diseñado
desde el proyecto inicial, luego dibujado por Gerardo Murillo (1875-1964) y realizado
por la casa Tiffany de Nueva York para servir de cortina incombustible.
En los costados y columnas también
brillan los mármoles acremados de Yautepec y verdosos de Oaxaca que enmarcan
el finísimo arco del proscenio proyectado y realizado en Budapest en los talleres
de Géza Maróti. En él se describe la evolución del arte
teatral. Siguiendo su línea ascendente la vista pasa por los arcos estructurales
del centro de la sala y llega hasta el plafón de la Galería, también
obra de los húngaros, donde las musas rodean a Apolo para formar un vitral
de luz variable.
Durante su inauguración, en 1934
se representó La verdad sospechosa, de Juan Ruiz de Alarcón,
importante obra de la dramaturgia mexicana. Poco después fue el escenario
donde Carlos Chávez desplegó sus matinés dominicales y alojó
a la Sinfónica de México de los años treinta y que a partir
de entonces resonara con los estrenos de Stravinsky o Hindelmith. Con el paso de
los años las obras teatrales se llevaron a la Unidad Cultural del Bosque,
y al vecino Teatro Hidalgo, quedando el Teatro de Bellas Artes dedicado a las funciones
sinfónicas, danzísticas y operísticas principalmente.
Detrás del cortinaje se encuentra
toda una maquinaria teatral que involucra a cientos de personas para ofrecer funciones
operísticas, musicales o teatrales. A casi cien años de proyectado,
el interior del Teatro podrá parecer pequeño con su aforo de cerca
de dos mil espectadores, sobre todo por que el público asiste con gran entusiasmo,
agotando las localidades con anticipación. Para los artistas, presentarse
en Bellas Artes es un privilegio casi siempre destinado al mundo de la "alta
cultura", pero que en ocasiones también aloja manifestaciones populares.
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