
Habitantes y visitantes de la ciudad nos relatan sus experiencias.
La historia en un castillo (El Castillo de Chapultepec) Tránsito acuático (Xochimilco) Al buen refugio del hogar (Daniel Cosío Villegas, la Ciudad durante la Revolución) Fiera infancia (Ricardo Garibay)
Fiera infancia Ricardo Garibay La avenida Revolución corría desde Tacubaya hasta San Angel. Kilómetros y kilómetros de vientos y verdura, un interminable rumor de ramazones. Tenía cincuenta metros de ancho, acaso un poco más, a los lados casas con jardines fronteros, que raleaban desde Berlín hacia Mixcoac y desaparecían a partir de la Barranca del Muerto. San Angel era pueblo, geografía misteriosa y lejanísima. En medio de la avenida corría un montículo o joroba para las vías de los trenes amarillos, de ida y vuelta, y a las faldas de la joroba, alambradas macizas para que la gente no se metiera al paso de la muerte, los amarillos trenes eran la muerte.
Todos, grandes y chicos, sentíamos una especie de terror por el mortífero poder de aquellos destartalados cacharros. Haga usted de cuenta ferreterías ambulantes. Qué ruidero. De madrugada se oía su paso furibundo, como si fueran destrozándose entre desesperados regueros de tuercas y tornillos.
Pero bueno, pegados casi a las vías crecían los fresnos centenarios. Y crecían, cada año eran o parecían más altos y corpulentos. Había un millón entre Tacubaya y San Angel. Y una tupida maleza de hierbas y arbustos crecía junto a los troncos, se desparramaba hasta las alambradas . Para los coches, que no había, las dos larguísimas hacia el sur y hacia el norte, entre alambrada y acera, de piedras grises y azules.
Fiera infancia y otros años. México, Ediciones Océano, 1982.
Al buen refugio del hogar Daniel Cosío Villegas
La historia en un castillo (El Castillo de Chapultepec) Lujo, boato, ceremonia; éstas y muchas otras palabras se evocan cuando se menciona la palabra “castillo”.
En México, si a ella se agrega Chapultepec, se recuerdan además los sueños imperiales de muchos mexicanos que pensaron hacer un bien al país ofreciedo la “corona” de México a Maximiliano de Habsburgo. Acuciado por el frívolo y, creo, comprensible deseo de contemplar la fastuosidadque suele rodear a las monarquías, me dirigí al castillo de Chapultepec.
Llegar por metro es la manera más cómoda y rápida. Un letrero indica qué salida debe tomarse. De regreso descubrí que no era la más práctica, pero sí la que ofrece el mejor camino: una explanada que desemboca en el monumento a los Niños Héroes, detrás del cual se contempla imponente el Cerro del Chapulín y, en la cima, el castillo.
Bosque tradicional para el paseo familiar, se venden con profusión fritangas, artesanías, sombreros, baratijas. En un puesto se ofrece maquillar como payaso a quien se deje. Más allá, se pinta el cabello de los colores del arco iris. Algunos transeúntes se arraciman para ver a un comerciante de iguanas que muestra se mercancía. Y así todo el sendero bordeado de añosos árboles. Ardillas juguetean en los prados. Por fin comienza la empinada subida al cerro. Debe ser un paseo agradable, pero si el propósito es visitar el castillo conviene más utilizar el remolque.
A pesar de las expectativas, el Castillo no conmueve por su fastuosidad o su arquitectura -por lo demás, muy lejana a lo que se espera de ese tipo de edificios-. En cambio, se impone el peso de la historia; la emoción sobrecogedora de encontrarse en uno de los lugares en los que se vivieron momentos definitivos en la historia de México. Varias piezas en exhibición refuerzan esa sensación: un traje de Francisco I. Madero; el carruaje con el que Benito Juárez recorrió el país con la república a cuestas; las habitaciones de Porfirio Diaz y su esposa en el alcázar, con la decoración original; las austeras esculturas de los cadetes que defendieron el Castillo-por entonces Colegio Militar-, del asalto de las tropas estadunidenses en 1847; bombardas, cañones y ametralladoras de innumerables batallas, que recuerdan la ingrata sentencia de que la Historia suele ser la historia de las guerras.
Pero en México la historia -la vida toda- es inseparable del arte. En el Castillo se exponen obras de muralistas mexicanos, que conforme a esa escuela, monumental, comprehensiva, abigarrada, pero abrumadora y estrujante, plasma la historia: la de los grandes hechos y personajes, mas también la de la gente, la del indígena, del campesino, del obrero, del soldado. Un mural de Siqueiros, en la planta baja, concluye y corona, de modo maravilloso, el recorrido por el museo. No por extranjeros deben olvidarse los vitrales que Porfirio Diaz mandó confeccionar en Francia y colocó en la pared del Alcázar que mira al oriente. Esos vestigios de la Belle Epoque de principios de este siglo evocan un tiempo de dulce frivolidad que las guerras mundiales sepultaron para siempre. Hoy no queda sino mirarlos con nostálgica serenidad y admirar su luminosa belleza. [Chapultepec]
Tránsito acuático (Xochimilco)
Cuando me dijeron que fuéramos a Xochimilco imaginé un idílico paseo por los canales, disfrutando del contacto con la naturaleza y de una charla tranquila, interrumpida quizá por el canto de los pájaros. Seguramente en mis paseos anteriores, hace ya algunos decenios nunca abordé la trajinera en el embarcadero principal, por que aquello es como una terminal de microbuses, con la ventaja de que la oferta es mayor que la demanda. No quiero imaginar lo que pasaría si todas las trajineras pretendieran navegar al mismo tiempo; un embotellamiento en Reforma sería juego de niños.
Una vez en el canal el tránsito es, literalmente, accidentado; por fortuna con pocas consecuencias. Los choques entre las barcazas son frecuentes y, una vez resignados, a los paseantes no nos queda más que celebrarlo.
En cuanto al canto de las aves, si acaso había alguna por ahí, nunca lo escuché; entre la música de los mariachis y las marimbas que circulaban ofreciendo sus servicios y el alboroto de los paseantes borrachos, o contentos simplemente, me impidieron oírlo. Los turistas extranjeros navegaban con la indudable expresión de estar contemplando una de las máximas manifestaciones de "mexican curious". De hecho, cuando una trajinera cargada de mis alegres compatriotas se les acercaba ponían un gesto circunspecto que si no era de miedo, si de precaución. Y no se les puede culpar. No imagino experiencias así en un recorrido por los fiordos noruegos. No saben a que, a diferencia de los vikingos, los mexicanos somos más o menos inofensivos. Ciertamente el paseo no resulto idílico. Es como estar en una gran fiesta en movimiento. A veces hasta se olvida el medio sobre el que se está y dan ganas de correr y bailar. Que conste: sólo ganas. Emilio Ramírez G. Toluca, Edo. de México [Xochimilco] |