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Santa Fe de antaño
Fundado desde el siglo XVI, el Pueblo-hospital de Santa Fe estuvo ligado a la
ciudad de México por un prodigioso acueducto, que dotaba de agua pura a la
ciudad. Su creación, inspirada en la Utopía, benefició a pueblos
indígenas durante más de tres siglos.
Fundación y vida
En 1530 llegó a Nueva España Vasco de Quiroga, licenciado en Cánones
que contaba con 60 años de edad y que había ocupado importantes cargos
en la corte de los Reyes Católicos. Quiroga es nombrado Oidor en la Segunda
Audiencia de México.
Al observar el maltrato que sufrían los indios americanos decidió dotarlos
de un sitio para vivir mejor, inspirado en la Utopía de Tomas Moro. El sitio
elegido fue el paraje montañoso llamado Acaxúchitl (Flor de Caña)
localizado a dos leguas al Poniente de la Ciudad de México.
Hacia 1532 se funda en ese sitio el Pueblo-Hospital de Santa Fe, inicialmente fue
poblado por indios Otomíes y Nahuas y otras personas desamparadas. Dicho nombre
se le puso en recuerdo al lugar donde se rindieron los Moros y donde Cristóbal
Colón había recibido los títulos y obligaciones de sus descubrimientos.
Vasco de Quiroga pagó las tierras con su salario y logró que la Corona
Española regalara al pueblo sacos de maíz para empezar a sembrar. Asimismo
el gobierno virreinal de Antonio de Mendoza manda medir y limitar la zona en 1537,
año en que oficialmente el pueblo tomó posesión de sus tierras.
Dicho territorio delimitaba con los pueblos de Tecamachalco, Cuajimalpa, Santa Lucía
y Tacubaya.
El concepto de Pueblo-hospital se refiere a una comunidad encargada de cuidar huérfanos,
ancianos, viudas y enfermos, así como dar hospedaje a viajeros. La sociedad
del Pueblo-hospital trabajaba comunitariamente y contaba con talleres para la enseñanza
de oficios. La producción del campo, consistente en maíz y trigo, se
repartía entre las familias del pueblo.
Monarquía indiana
El centro administrativo del pueblo, en torno a una parroquia contaba con enfermería,
cocina, comedor y habitaciones para religiosos y visitantes. La iglesia contaba con
atrio, portería e instalaciones para la enseñanza de doctrina cristiana.
Ayudados por los agustinos, encabezados por fray Alonso de Borja, y después
por clérigos seculares, el hospital prosperó en vida religiosa y actividad
productiva.
El nombramiento de Quiroga como Obispo de Michoacán en 1538 lo impulsó
a reproducir el esquema de Santa Fe de México en Michoacán, donde fundó
varios Pueblos-hospital, sin embargo, la prosperidad y el atractivo de estas comunidades
entre los indígenas le trajeron a Quiroga acusaciones de otros españoles
que vieron afectados sus intereses. Quiroga viajó a la Corte donde obtuvo
mercedes Reales para la exención de tributos y diezmos para los Pueblos-hospital.
En 1565 Quiroga muere en Pátzcuaro, pero las fundaciones quedan regidas por
una serie de Ordenanzas que subsistieron hasta el siglo
XVIII.
En este cuerpo normativo se regulaba la vida cotidiana, las costumbres, el trabajo
y las labores agrícolas. Entre los puestos de mando se encontraba el Alcalde
(representante civil) el Cura-rector (religioso) y los Mayordomos, encargados de
las festividades cuya más importante fue la fiesta de la Asunción de
María, los días 15 de agosto.
Senderos y caminos
La posición de Santa Fe dentro del Valle de México lo convirtieron
en un sitio de conexión entre la Ciudad de México y el Valle de Toluca,
por lo que se trazó cerca de allí el Camino Real.
Si nos adentramos en los bosques de Santa Fe encontraremos una Ermita, fundada por
don Vasco y reconstruida en el siglo XVIII. A este paraje solitario llegó
Gregorio López en 1590 para dedicarse a la meditación y el estudio
de la herbolaria que tiempo después le ayudaran en la redacción de
su Tesoro de Medicinas.
Otro tesoro, no menos valioso, fue el agua de los manantiales de Santa Fe. Para aprovecharla,
el gobierno de la Ciudad de México mandó construir desde el siglo XVI
un acueducto que condujo el agua potable sobre cientos de arcos hasta vertirla en
la fuente de la Tlaxpana. El declive y la abundancia de agua permitió el establecimiento
de molinos de trigo, como el de Belén y zonas de tala para las crecientes
necesidades constructivas de la Ciudad de México. Hacia 1776 el gobierno virreinal
patrocinó la construcción de la Real Fábrica de Pólvora,
situada en las inmediaciones de Santa Fe.
Para esta época fue necesario reorganizar las actividades del pueblo en torno
a nuevas Ordenanzas, que no obstante mantuvieron las exenciones de impuestos. Fue
hasta mediados del siglo XIX cuando las leyes de Reforma permitieron la venta de
tierras comunales y privilegios indígenas.
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